Aunque mi idea sobre el trabajo artístico se reconfigura constantemente debido a las nuevas experiencias y lecturas que me trascienden, creo de manera casi permanente que un artista debe mostrar una manera particular y localizada de estar en el mundo.

La tarea requiere no sólo de la manifestación de una singularidad sino de un posicionamiento crítico.

La mayor aportación que un artista puede hacer tendrá que ver entonces: con posibilitar maneras de pensarnos insumisas a las convenciones. Para ello, hay que detectar lo que se mantiene soslayado o anulado en los pensamientos y actuares dominantes.

Yo lo busco en aquello que aparece ante mis ojos como un enigma, es decir, como una relevancia establecida así por una incomprensibilidad y que bien puede derivar en: sucesivas incomprensibilidades, o en fugaces momentos de lucidez.

Mi estrategia para explorar su dimensión cognitiva desde el arte consiste en hacer engarces sin jerarquía ni simetría algunas, es decir, en enrarecerlos más para aumentar su potencia y desencadenar multiplicidad de elucidaciones y la aparición de mundos posibles.

En particular estoy interesada en los espacios en los que nos desenvolvemos física, social y mentalmente

por creer que son los contenedores de las colisiones, contagios y aleaciones,

es decir los misterios, que nos conforman.